¡No permanecer en Chesney Wold! ¡Ponerlo como condición!
Todas las viejas dudas de Sir Leicester relativas a Wat Tyler y a la gente de los distritos mineros que no hace otra cosa que manifestarse a la luz de las antorchas le caen en chaparrón sobre la cabeza, cuyos finos cabellos grises, al igual que los de sus patillas, se estremecen literalmente de indignación.
—¿He de entender, caballero —dice sir Leicester—, y ha de entender mi Lady —la introduce así de manera especial, primero por galantería y después por prudencia, confiando mucho en el buen juicio de ella—, he de entender, señor Rouncewell, y ha de entender mi Lady, caballero, ¿que usted considera a esta joven demasiado buena para Chesney Wold o que corre el riesgo de sufrir perjuicio al permanecer aquí?
—Ciertamente no, Sir Leicester.
—Me alegra oírlo. —Sir Leicester, muy altivo en verdad.
—Le ruego, Mr. Rouncewell —dice my Lady, apartando a Sir Leicester con el más leve gesto de su bonita mano, como si fuera una mosca—, explíqueme a qué se refiere.
—Con mucho gusto, Lady Dedlock. No hay nada que pudiera desear más.
Dirigiéndose su rostro sereno, cuya inteligencia, no obstante, es demasiado viva y activa para ser oculta por cualquier impasibilidad estudiada, por muy habitual que sea, al fuerte rostro sajón de la visita, imagen de la resolución y la perseverancia, mi Lady escucha con atención, inclinando ligeramente la cabeza de vez en cuando.
“Soy el hijo de su ama de llaves, Lady Dedlock, y pasé mi infancia en esta casa. Mi madre ha vivido aquí medio siglo y morirá aquí, no me cabe duda. Ella es uno de esos ejemplos —tal vez de los mejores que hay— de