esperanzadores. Mi tutor sabía a dónde íbamos y, por lo tanto, no estaba con nosotros.
Cuando llegamos al tribunal, allí estaba el Lord Canciller —el mismo a quien había visto en su despacho privado en Lincoln’s Inn—, sentado con gran pompa y solemnidad en el estrado, con la maza y los sellos sobre una mesa roja situada debajo de él y un inmenso ramo de flores plano, parecido a un jardincito, que perfumaba todo el tribunal.
Debajo de la mesa, a su vez, había una larga fila de procuradores, con atados de papeles sobre la estera a sus pies; y luego estaban los abogados con peluca y toga —unos despiertos y otros dormidos, uno hablando y nadie prestando mucha atención a lo que decía.
El Lord Canciller se reclinaba en su sillón comodísimo con el codo en el brazo acolchado y la frente apoyada en la mano; algunos de los presentes cabeceaban; otros leían los periódicos; algunos paseaban o cuchicheaban en grupos: todos parecían encontrarse perfectamente a sus anchas, sin la menor prisa, muy indiferentes y sumamente cómodos.
Ver que todo marchaba con tanta suavidad y pensar en la dureza de la vida y la muerte de los demandantes; ver toda esa pompa y ceremonia y pensar en el despilfarro, la escasez y la miseria mendicante que representaban; considerar que, mientras la enfermedad de la esperanza diferida estragaba tantos corazones, este espectáculo cortés seguía su curso con calma, día tras día y año tras año, con tanta corrección y compostura; contemplar al Lord Canciller y a toda la cohorte de profesionales bajo su mando mirándose unos a otros y a los espectadores como si nadie hubiera oído jamás que en toda Inglaterra