que para mi Lady fuera preferible tener sobre sí cinco mil pares de ojos mundanos en desconfiada vigilancia, antes que los dos ojos de este abogado roñoso con su corbata desaliñada y sus apagados calzones negros atados con cintas a las rodillas.
Sir Leicester se sienta en el cuarto de mi Lady —aquel cuarto en el que el señor Tulkinghorn leyó la declaración jurada de Jarndyce y Jarndyce—, particularmente satisfecho.
Mi Lady, como aquel día, se sienta ante el fuego con su pantalla en la mano.
Sir Leicester está particularmente satisfecho porque ha encontrado en su periódico algunos comentarios afines que atañen directamente a las compuertas y al entramado de la sociedad. Se aplican de tal modo al reciente caso que Sir Leicester ha venido de la biblioteca al cuarto de mi Lady expresamente para leérselos en voz alta.
«El hombre que escribió este artículo», observa a modo de prefacio, asintiendo hacia el fuego como si le estuviera asintiendo al hombre desde lo alto de un monte, «tiene una mente bien equilibrada».