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nydus/Bleak HousePublic
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XLVII. El testamento de Jo

inmediatamente sobre la mesa media corona, ese bálsamo mágico suyo para toda clase de heridas.

—¿Y cómo te encuentras, muchacho mío? —inquiere el librero con su tos de simpatía.

—Tengo una suerte que no me cabe en el pellejo, señor Sangsby, vaya que sí —contesta Jo—, y no me falta de ná. Estoy más requetebién de lo que se puede imaginar. ¡Señor Sangsby! Siente mucho lo que hice, pero no era mi intención, se lo juro, señor.

El papelero deposita suavemente otra media corona y le pregunta qué es lo que lamenta haber hecho.

—Señor Sangsby —dice Jo—, fui y le pegué una enfermedad a la señora que era y sin embargo no era la otra señora, y ninguno de ellos me dice nunca nada por habérselo pegado, debido a que son tan güenos y a que he sio tan desdichat. La señora vino ella mesma y me vio ayer, y me dise: «¡Ah, Jo! —me dise—. ¡Creíamos que te habíamos perdío, Jo!», me dise. Y se sienta sonriendo tan tranquita, y no me dise una palabra ni tampoco me mira por habérselo hecho, no lo hace, y me vuelvo contra la pared, que lo hago, señor Sangsby. Y al señor Jarnders, lo vi obligado a volverse él mesmo. Y al señor Woodcot, vino a darme algo pa aliviarme, cosa que siempre está haciendo de día y de noche, y cuando vino inclinándose sobre mí y hablándome tan tremendo, vi caer sus lágrimas, señor Sangsby.

El ablandado librero deposita otra media corona sobre la mesa. Nada menos que la repetición de ese remedio infalible aliviará sus sentimientos.

—Lo que estaba pensandotor, señor Sangsby —prosiguió Jo—, era que, como usted sabía escribir muy grande, ¿tal vez...?

—Sí, Jo, si Dios quiere —responde el librero.

—¿Inusual, precioso y grande, tal vez? —dice Jo con entusiasmo.

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