Bell Yard
Mientras estábamos en Londres, el señor Jarndyce era constantemente acosado por la multitud de damas y caballeros excitables cuyos procedimientos tanto nos habían asombrado.
El señor Quale, que se presentó poco después de nuestra llegada, participaba en todas esas agitaciones. Parecía proyectar esos dos pomos brillantes de sus sienes en todo lo que sucedía y echarse el cabello cada vez más hacia atrás, hasta que las raíces mismas estaban casi a punto de saltarle de la cabeza con una filantropía insaciable.
Todos los objetos le eran indiferentes, pero siempre estaba particularmente dispuesto para cualquier cosa que fuera un homenaje a alguien. Su gran poder parecía ser el de la admiración indiscriminada. Podía sentarse durante cualquier cantidad de tiempo, con el máximo disfrute, bañando sus sienes en la luz de cualquier clase de lumbrera.
Habiéndole visto primero completamente devorado por la admiración hacia la señora Jellyby, había supuesto que ella era el objeto absorbente de su devoción. Pronto descubrí mi error y comprobé que era el ayudante y fuelle de toda una procesión de personas.
La señora Pardiggle vino un día para que nos suscribiéramos a algo, y con ella, el señor Quale. Todo lo que decía la señora Pardiggle, el señor Quale nos lo repetía; y del mismo modo en que había hecho hablar a la señora Jellyby, hizo hablar a la señora Pardiggle. La señora Pardiggle le escribió una carta de presentación a mi tutor en favor de su elocuente amigo el señor Gusher. Con el señor Gusher