alfombra a sus pies— que la señorita Summerson, cuya imagen, como le mencioné anteriormente a su señoría, estuvo en un período de mi vida grabada en mi ’azón hasta que fue borrada por circunstancias que escapaban a mi control, me comunicó, después de que tuve el gusto de presentar mis respeto a su señoría la última vez, que deseaba en particular que yo no tomara ninguna medida de ningún tipo relacionada de modo alguno con ella. Y siendo los deseos de la señorita Summerson una ley para mí (salvo en lo tocante a circunstancias que escapan a mi control), en consecuencia nunca esperé volver a tener el distinguido honor de presentarme ante su señoría.
Y sin embargo él está aquí ahora, le recuerda Lady Dedlock con melancolía.
—Y sin embargo, ahora estoy aquí —admite el señor Guppy—. Mi objetivo es comunicarle a su señoría, bajo estricto secreto, por qué estoy aquí.
No puede hacerlo, le dice ella, con demasiada claridad ni demasiado brevedad.
«Tampoco puedo yo», replica el señor Guppy sintiéndose ofendido, «pedirle con demasiada particularidad a su señoría que se percate muy bien de que no es ningún asunto personal mío lo que me trae por aquí. No tengo ningún interés egoísta propio que defender al venir aquí. Si no fuera por mi promesa a la señorita Summerson y por mantenerla sagrada —yo, a decir verdad, no habría vuelto a cruzar este umbral, sino que los habría mandado a paseo primero—».
El señor Guppy considera este un momento favorable para erizarse el pelo con ambas manos.