pidieron —hace cinco minutos— que viniera a visitar a un enfermo en la Galería de Tiro de George.
“Los tambores sordos”, dijo el señor George, volviéndose hacia Richard y hacia mí y negando con la cabeza solemnemente. “Es totalmente correcto, caballero. Tengan la amabilidad de pasar”.
Abierta la puerta en aquel momento por un hombrecito de aspecto muy singular, con gorra de bayeta verde y delantal, cuya cara, manos y ropa estaban totalmente ennegrecidas, pasamos por un lúgubre pasillo hasta un gran edificio de paredes de ladrillo visto donde había blancos, pistolas, espadas y otras cosas por el estilo.
Cuando todos hubimos llegado allí, el médico se detuvo y, quitándose el sombrero, pareció desvanecerse por arte de magia y dejar en su lugar a otro hombre completamente diferente.
—Mira una cosa, George —dijo el hombre, volviéndose rápidamente hacia él y dándole