lo que haces, Richard. Pero me temo que, si confiamos en ello, nos hará desgraciados.
—Pero, mi Ada, ¡no vamos a fiarnos de eso! —exclamó Richard alegremente—. Lo conocemos demasiado bien como para fiarnos. Solo decimos que, si llegara a hacernos ricos, no tenemos ninguna objeción constitucional a ser ricos. El tribunal es, por solemne disposición de la ley, nuestro severo y viejo tutor, y hemos de suponer que lo que nos da (cuando nos da algo) es nuestro derecho. No hay por qué pelearse con nuestro derecho.
—No —dijo Ada—, pero tal vez sea mejor olvidarse de todo.
—¡Vaya, vaya! —exclamó Richard—, ¡entonces nos olvidaremos de todo! ¡Echamos todo el asunto al olvido! ¡Madrecita pone su cara de aprobación y asunto concluido!
—El rostro aprobatorio de Dame Durden —dije, asomándome por la caja en la que estaba guardando sus libros— no era muy visible cuando lo llamaste por ese nombre; pero sí aprueba, y ella cree que no puedes hacer nada mejor.
Así, Richard dio por zanjado el asunto e inmediatamente comenzó, sin más fundamento, a construir tantos castillos en el aire como para guarnecer la Gran Muralla China. Se marchó de muy buen humor. Ada y yo, preparadas para echarle mucho de menos, dimos comienzo a nuestra vida más tranquila.
A nuestra llegada a Londres, habíamos pasado a ver a la señora Jellyby en compañía del señor Jarndyce, pero no habíamos tenido la fortuna de encontrarla en casa. Al parecer, había ido a alguna parte a tomar el té y se había llevado a la señorita Jellyby con ella. Además de la merienda, iba a haber considerables discursos y redacción de cartas