fueron tomadas, cuando su decadencia estaba ya muy avanzada, por unos audaces vagabundos que, tras afianzar su posesión, se dedicaron a alquilarlas por habitaciones. Pues bien, estos destartalados caserones albergan, por la noche, un enjambre de miseria. Del mismo modo que en el mísero despojo humano aparecen parásitos alimañeros, estos refugios en ruinas han criado una multitud de existencia inmunda que entra y sale a gatas por las grietas de los muros y las tablas; y se ovilla para dormir, en números de gusanos, allí donde gotea la lluvia; y va y viene, trayendo y llevando la fiebre y sembrando más mal en cada una de sus huellas de lo que Lord Coodle, y Sir Thomas Doodle, y el Duque de Foodle, y todos los finos caballeros en el poder, hasta llegar a Zoodle, podrán enmendar en quinientos años—a pesar de haber nacido expresamente para hacerlo.
Dos veces últimamente ha habido un estruendo y una nube de polvo, como la explosión de una mina, en Tom-all-Alone’s; y cada vez se ha venido abajo una casa.
Estos accidentes han ocupado un suelto en los periódicos y han llenado un par de camas en el hospital más cercano.
Los huecos siguen ahí, y no faltan alojamientos populares entre los escombros. Como hay varias casas más a punto de venirse abajo, cabe esperar que el próximo estruendo en Tom-all-Alone’s sea monumental.
Esta apetecible propiedad está en la Cancillería, por supuesto. Sería un insulto a la perspicacia de cualquier hombre con medio ojo decírselo.
Si «Tom» es el representante popular del demandante o demandado original en Jarndyce y Jarndyce; o si Tom vivía aquí cuando el pleito había dejado la calle desierta, completamente solo, hasta que otros colonos llegaron a unirse a él; o si el título tradicional es un nombre genérico para un refugio apartado de la buena compañía y excluido de los límites de la esperanza; tal vez nadie lo sepa.
Ciertamente Jo no lo sabe.