Esto contribuye a la incomodidad del señor Smallweed, a quien le resulta tan difícil retomar su propósito, sea cual sea, que se exaspera y araña en secreto el aire con una vindictiva impotencia expresiva de un intenso deseo de desgarrar y lacerar el rostro del señor George.
Como las uñas del excelente anciano son largas y plomizas, y sus manos flacas y venosas, y sus ojos verdes y llorosos; y, además de todo esto, como continúa, mientras araña, deslizándose en su silla y desplomándose en un fardo informe, se convierte en un espectáculo tan espantoso, incluso para los ojos acostumbrados de Judy, que esa joven virgen se abalanza sobre él con algo más que el ardor del afecto y lo sacude de tal manera, y lo palmea y pica en varias partes de su cuerpo, pero en particular en aquella parte que la ciencia de la defensa propia llamaría el bofe, que en su penosa angustia emite sonidos forzados semejantes al mazo de un adoquinador.
Cuando Judy lo ha repuesto de este modo en su silla, con el rostro pálido y la nariz helada (pero todavía arañando), extiende su reseco dedo índice y le da al señor George un único empujón en la espalda. Al levantar la cabeza el soldado, ella le da otro empujón a su estimado abuelo y, tras haberlos juntado así, se queda mirando fijamente el fuego.
«¡Sí, sí! ¡Ho, ho! ¡U—u—u—ugh!», parlotea el abuelo Smallweed, tragándose su rabia. «¡Mi querido amigo!» (aún arañando).
—Te diré una cosa —dice el señor George—: si quieres conversar conmigo, tienes que hablar claro. Soy un tipo brusco y no sé andar con rodeos. No tengo maña para eso. No soy lo bastante listo. No me va. Cuando andas dándome vueltas y más vueltas —dice el soldado, volviéndose a poner la pipa en los labios—, ¡maldita sea si no siento como si me estuvieran asfixiando!
Y dilata su ancho pecho al máximo como para cerciorarse de que todavía no se ahoga.