otra consideración a lo que usted me pidió el otro día.
“¿Lo tienes aquí?”
—Lo tengo aquí, señor.
—Sargento —prosiguió el abogado con su tono seco e impasible, mucho más desesperante de tratar que cualquier arrebato de vehemencia—, piénselo bien mientras le hablo, porque esto es definitivo. Una vez que termine de hablar, habré cerrado el asunto y no lo reabriré. Comprenda eso. Puede dejar aquí, por unos días, lo que dice que ha traído, si lo prefiere; puede llevárselo ahora mismo, si lo prefiere. En caso de que decida dejarlo aquí, puedo hacer esto por usted: puedo devolver este asunto a su estado anterior, y puedo llegar incluso a darle el compromiso por escrito de que a este hombre, Bagnet, no se le molestará de ninguna manera hasta que se haya procedido contra usted hasta el límite, de que sus recursos se agoten antes de que el acreedor recurra a los de él. Esto es, de hecho, poco menos que dejarlo libre. ¿Se ha decidido?
El soldado de caballería se mete la mano en el pecho y responde con un largo suspiro: «Tengo que hacerlo, señor».
Así el señor Tulkinghorn, poniéndose las gafas, se sienta y redacta el compromiso, que lee despacio y le explica a Bagnet, el cual se ha pasadísimo todo este tiempo mirando al techo y vuelve a llevarse la mano a la calva, bajo esta nueva ducha verbal, y parece sumamente necesitado de la vieja para expresar sus sentimientos. El Dragón saca entonces del bolsillo del pecho un papel doblado, que deposita con mano renuente junto al codo del abogado. «No es más que una carta de instrucciones, señor.