El tiempo y el lugar no pueden atar al señor Bucket. Como el hombre en abstracto, hoy está aquí y mañana ya no está—pero, muy a diferencia del hombre en realidad, vuelve a estar aquí al día siguiente. Esta noche estará mirando distraídamente los apagavelas de hierro en la puerta de la casa del sir Leicester Dedlock en la ciudad; y mañana por la mañana estará caminando por las azoteas de Chesney Wold, por donde antaño caminaba el anciano cuyo fantasma es aplacado con cien guineas. Cajones, escritorios, bolsillos, todas las cosas que le pertenecen, el señor Bucket las examina. Unas horas después, él y el romano estarán a solas comparando sus dedos índices.
Es probable que estas ocupaciones sean incompatibles con el disfrute del hogar, pero es seguro que el señor Bucket actualmente no va a casa. Aunque en general aprecia mucho la compañía de la señora Bucket —una dama con un talento detectivesco natural que, de haber sido perfeccionado por el ejercicio profesional, habría logrado grandes cosas, pero que se ha detenido en el nivel de una aficionada inteligente—, se mantiene alejado de ese querido consuelo. La señora Bucket depende de su inquilina (afortunadamente una dama amable por la que se interesa) para tener compañía y conversación.
Una gran multitud se congrega en Lincoln’s Inn Fields el día del funeral. Sir Leicester Dedlock asiste a la ceremonia en persona; estrictamente hablando, solo hay otros tres seguidores humanos, es decir, lord Doodle, William Buffy y el primo achacoso (añadido como lastre), pero la cantidad de carrozas inconsolables es inmensa. La nobleza aporta más aflicción de cuatro ruedas de la que jamás se ha visto en ese vecindario. Tal es el cúmulo de blasones nobiliarios en los paneles de los carruajes que cabría suponer que el Colegio de Heraldos ha perdido a su padre y a su madre de un solo golpe. El duque de Foodle envía una espléndida pila de polvo y cenizas, con cubos de rueda plateados, ejes patentados, todas las últimas mejoras y tres