la profundidad de este se reconoce en el rostro de la señora Bagnet, su madre asiente implícitamente a lo que él pide. Por esto, él le da las gracias amablemente.
“En todo lo demás, querida madre, seré tan dócil y obediente como puedas desear; solo en este punto me planto. Así que ahora estoy listo incluso para los abogados. He redactado —”, echa un vistazo a lo que ha escrito sobre la mesa, “— una relación exacta de lo que sabía del difunto y de cómo llegué a verme envuelto en este desafortunado asunto. Está consignada, clara y en regla, como un libro de órdenes; no hay en ella ni una sola palabra que no sea necesaria para los hechos. Tenía la intención de leerla, de corrido, cuandoquiera que me llamaran a decir algo en mi defensa. Confío en que aún se me permita hacerlo; pero ya no tengo voluntad propia en este caso, y se diga o se haga lo que se haga, doy mi promesa de no tener ninguna”.