Aquí la madre del señor Guppy cayó en una extraordinaria pasión de menear la cabeza y sonreír socarronamente a cualquiera que la mirara.
—Es de seis piezas, sin contar la cocina —dijo el señor Guppy—, y, en opinión de mis amigos, una vivienda espaciosa. Cuando menciono a mis amigos, me refiero principalmente a mi amigo Jobling, quien creo que me conoce —el señor Guppy lo miró con aire sentimental— desde la hora de la infancia.
El señor Jobling confirmó esto con un movimiento deslizante de las piernas.
—Mi amigo Jobling me prestará su asistencia en calidad de dependiente y vivirá en la ás —dijo el señor Guppy—. Mi madre también vivirá en la ás cuando su actual trimestre en Old Street Road haya vencido y expirado; y consecuentemente no faltará compañía. Mi amigo Jobling es aristocrático por gusto de forma natural, y además de estar al tanto de los movimientos de las altas esferas, apoya plenamente las intenciones que ahora estoy desarrollando.
El señor Jobling dijo «Por supuesto» y se apartó un poco del codo de la madre del señor Guppy.
—Ahora bien, no tengo necesidad de mencionarle a usted, caballero, estando usted en la confianza de la señorita Summerson —dijo el señor Guppy— (madre, ojalá tuviera la bondad de quedarse quieta), que la imagen de la señorita Summerson estuvo antaño grabada en mi ’azón y que le hice una propuesta de matrimonio.
—Eso lo he oído —respondió mi tutor.
—Circunstancias —prosiguió el señor Guppy—, sobre las cuales no tuve control, sino todo lo contrario, debilitaron la impresión de esa imagen por un tiempo. En cuyo momento la conducta de la señorita Summerson fue sumamente distinguida; incluso puedo añadir que magnánima.