“Creo que será mejor que me llames tutor, querida”.
Sentí que me ahogaba otra vez—me reprendí a mí misma: «¡Vamos, Esther, bien sabes que es así!»—, cuando él fingió decir esto con ligereza, como si fuera un capricho en lugar de una muestra de afecto reflexivo. Pero hice sonar las llaves de la casa apenas un instante como recordatorio para mí misma, y cruzando las manos de un modo aún más resuelto sobre el cesto, lo miré con tranquilidad.
—Espero, tutor —le dije—, que no confíe demasiado en mi discreción. Espero que no se lleve una equivocación conmigo. Me temo que le va a decepcionar saber que no soy lista, pero de verdad que es la verdad, y pronto se daría cuenta si no tuviera la honradez de confesarlo.
No parecía para nada decepcionado; muy al contrario. Me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja, que me conocía muy bien y que yo era lo suficientemente inteligente para él.
—Espero resultar serlo —dije—, pero mucho me temo que no, tutor.
—Eres bastante lista como para ser la buena mujercita de nuestras vidas aquí, querida —replicó él con jugueteo—; la viejecita de la rima infantil (no me refiero a la de Skimpole):
«—Mujecita, ¿y tan alto vas? —A barrer las telarañas del cielo».
—Los barrerás con tanta pulcritud de nuestro cielo en el curso de tus faenas domésticas, Esther, que uno de estos días tendremos que abandonar el cuartucho y clavar la puerta.
Este fue el comienzo de que me llamaran Viejecita, y Viejita de la Candelaria, y Telaraña, y la señora Shipton, y la madre Hubbard, y la señora Durden, y tantos nombres de ese estilo que mi propio nombre pronto quedó por completo olvidado entre ellos.