que ha tomado breves notas sobre el hilo de su argumentación y que parece sumirlo en la más densa oscuridad cada vez que lo mira—, yo... ¡Ah, sí!..., pongo mi destino enteramente en manos de su señoría. Si su señoría llegara a presentar alguna queja ante Kenge y Carboy o ante el señor Tulkinghorn acerca de esta visita, me vería en una situación muy desagradable. Eso lo admito abiertamente. Por consiguiente, confío en el honor de su señoría.
Mi señora, con un gesto desdenoso de la mano que sostiene el biombo, le asegura que no vale la pena que ella se queje de él.
—Muy agradecido a su señoría —dice el señor Guppy—; del todo satisfactorio. Ahora... ¡caramba!... El caso es que apunté aquí un par de puntos de los asuntos que pensaba tratar, y como están abreviados, no acabo de descifrar qué significan. Si su señoría me disculpa que lo lleve a la ventana medio segundo, yo...
Mr. Guppy, yendo hacia la ventana, tropieza con una pareja de tortolitos, a los que dice en su confusión: «Le ruego me perdone, de verdad».
Esto no contribuye a una mayor legibilidad de sus notas.
Murmura, poniéndose caluroso y rojo y sosteniendo el trozo de papel ora muy cerca de los ojos, ora muy lejos: «C. S. ¿Qué significa C. S.? ¡Ah! ¡C. S.! ¡Ah, ya sé! ¡Sí, claro que sí!».
Y regresa iluminado.
—No tengo el gusto de saber —dice el señor Guppy, deteniéndose a mitad de camino entre mi Lady y su silla—, si a su señoría le ha sucedido alguna vez oír hablar o ver a una joven llamada señorita Esther Summerson.
Los ojos de Mi Señora lo miran de frente.
«Vi a una joven con ese nombre no hace mucho. El otoño pasado».