ya has estado antes) y demuestra tu independencia ahora, ¿a que no? Vamos, querido amigo, ahí tienes una oportunidad. Abre la puerta de la calle, Judy; ¡écha a estos fanfarrones! Pide ayuda si no se van. ¡Échalos!».
Él vocifera esto tan alto que el señor Bagnet, poniendo las manos sobre los hombros de su camarada antes de que este pueda recuperarse de su asombro, lo saca al otro lado de la puerta de la calle, la cual es inmediatamente cerrada de un portazo por la triunfante Judy.
Totalmente desconcertado, el señor George se queda un rato mirando el llamador. El señor Bagnet, en un abismo absoluto de seriedad, se pasea de un lado a otro frente a la ventanita del salón como un centinela y mira hacia adentro cada vez que pasa, al parecer sopesando algo en su mente.
—Vamos, Mat —dice el señor George cuando se ha recuperado—, debemos probar con el abogado. Y bien, ¿qué piensas de este bribón?
Mr. Bagnet, deteniéndose para echar una última mirada de despedida al salón, responde con una sola sacudida de cabeza dirigida al interior: «¡Si mi vieja hubiera estado aquí... se lo habría dicho!».
Habiéndose librado así del tema de sus meditaciones, marca el paso y se marcha con el soldado, hombro con hombro.
Cuando se presentan en Lincoln’s Inn Fields, el señor Tulkinghorn está ocupado y no puede recibir visitas. No tiene la menor intención de recibirlos, pues cuando han esperado una hora entera y el empleado, al sonar su campanilla, aprovecha la ocasión para mencionárselo, no trae más mensaje alentador que el de que el señor Tulkinghorn no tiene nada que decirles y