Media hora después de nuestra llegada apareció la señora Jellyby; y en el transcurso de una hora las diversas cosas necesarias para el desayuno fueron desfilando una a una hacia el comedor.
No dudo de que la señora Jellyby se hubiera acostado y levantado de la manera habitual, pero no ofrecía aspecto alguno de haberse cambiado de ropa.
Estuvo muy ocupada durante el desayuno, pues el correo matutino trajo una cuantiosa correspondencia relativa a Borrioboola-Gha, lo que haría (según dijo) que pasara un día ajetreado.
Los niños andaban revolcándose y marcaban las muescas de sus accidentes en las piernas, que eran unos perfectos pequeños calendarios de desdichas; y Peepy se perdió durante hora y media, siendo devuelto al seno familiar por un policía desde el mercado de Newgate.
La manera ecuánime con la que la señora Jellyby soportó tanto su ausencia como su restitución al círculo familiar nos sorprendió a todos.
Para entonces, se hallaba dictándole con perseverancia a Caddy, y Caddy volvía a caer rápidamente en el estado tinteril en el que la habíamos encontrado.
A la una llegó un carruaje descubierto para nosotras y un carro para nuestro equipaje. La señora Jellyby nos encargó muchos recuerdos para su buen amigo el señor Jarndyce; Caddy dejó su pupitre para vernos marchar, me besó en el pasillo y se quedó mordiéndose la pluma y sollozando en los escalones; Peepy, me alegra decir, estaba dormido y se libró del dolor de la separación (no dejaba de tener el temor de que hubiera ido al mercado de Newgate en mi busca); y todos los demás niños se subieron a la parte trasera del carruaje y se cayeron, y los vimos, con gran preocupación, esparcidos por la superficie de Thavies Inn mientras salíamos rodando de sus confines.