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XLVIII. Cerrando el cerco

Cerrando el cerco

El lugar en Lincolnshire ha cerrado sus muchos ojos de nuevo, y la casa en la ciudad está despierta. En Lincolnshire los Dedlock del pasado cabecean en sus marcos, y el viento bajo murmura por el largo salón como si respiraran con bastante regularidad. En la ciudad los Dedlock del presente traquetean en sus carrozas de ojos de fuego a través de la oscuridad de la noche, y los Mercurios de los Dedlock, con ceniza (o polvo para el cabello) en la cabeza, sintomática de su gran humildad, holgazanean en las mañanas soporíferas en los pequeños ventanales del vestíbulo. El mundo elegante —tremendo orbe, de casi cinco millas de circunferencia— marcha a toda máquina, y el sistema solar funciona respetuosamente a sus distancias señaladas.

Donde la muchedumbre es más espesa, donde las luces son más brillantes, donde a todos los sentidos se les sirve con la mayor delicadeza y refinamiento, allí está Lady Dedlock. De las alturas resplandecientes que ha escalado y tomado, nunca está ausente. Aunque la fe que desde antiguo depositaba en sí misma como alguien capaz de reservar cuanto quisiera bajo su manto de orgullo se vea abatida, aunque no tenga la seguridad de que lo que es para quienes la rodean habrá de seguir siéndolo otro día, no está en su naturaleza, cuando ojos envidiosos la miran, ceder ni desmayar. Dicen de ella que últimamente se ha vuelto más hermosa y más altiva. El primo achacoso dice de ella que es guapa de sobra —paramontarunatienda-demujeres— pero de tipo más bien alarmante —recuerda-acierta-fábrica—

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