¡Socorro, socorro, socorro! ¡Entren a esta casa, por el amor de Dios! Muchos entrarán, pero ninguno podrá ayudar. El Lord Canciller de aquel tribunal, fiel a su título en su último acto, ha muerto la muerte de todos los lores cancilleres en todos los tribunales y de todas las autoridades en todos los lugares bajo cualquier nombre que sea, donde se hacen falsas pretensiones y donde se comete injusticia. Llame su Alteza a la muerte por el nombre que quiera, atribúyasela a quien quiera, o diga que se pudo haber evitado como quiera, es la misma muerte eternamente —innata, endógena, engendrada en los humores corrompidos del cuerpo vicioso mismo, y solo en ellos— combustión espontánea, y ninguna otra de todas las muertes que se pueden morir.
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XXXII. La hora señalada
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