Soy dama de Escuelas, soy dama Visitadora, soy dama Lectora, soy dama Repartidora; pertenezco al Comité local de la Caja de Ropas y a muchos comités generales; y solo mi labor de captación es amplísima; quizá la que más. Pero ellos son mis compañeros en todas partes; y por estos medios adquieren ese conocimiento de los pobres y esa aptitud para los asuntos benéficos en general—en resumen, ese gusto por este tipo de cosas— que en el futuro los convertirá en un servicio para sus prójimos y en una satisfacción para sí mismos. Mis pequeños no son frívolos; gastan la totalidad de su asignación en suscripciones, bajo mi dirección; y han asistido a tantas reuniones públicas y escuchado tantas conferencias, discursos y debates como los que por lo general les tocan en suerte a pocas personas adultas. Alfred (de cinco años), quien, como mencioné, se ha unido por voluntad propia a los Lazos Infantiles de Alegría, fue uno de los muy pocos niños que dieron muestras de consciencia en aquella ocasión tras una encendida alocución de dos horas del presidente de la velada.
Alfred nos miró con el ceño fruncido, como si nunca pudiera, o quisiera, perdonar la ofensa de esa noche.
—Es posible que haya observado, señorita Summerson —dijo la señora Pardiggle—, en algunas de las listas a las que me he referido, en posesión de nuestro estimado amigo el señor Jarndyce, que los nombres de mi joven familia concluyen con el de O. A. Pardiggle, F. R. S., una libra. Ese es su padre.
Solemos seguir la misma rutina. Yo pongo mi granito de arena primero; luego mi joven familia inscribe sus contribuciones, de acuerdo con sus edades y sus pequeños medios; y después el señor Pardiggle cierra la marcha. El señor Pardiggle se complace en aportar su donación limitada, bajo mi dirección; y así las cosas resultan no solo agradables para nosotros, sino, confiamos, edificantes para los demás.