mundo; y tras dar otra vuelta o dos por el jardín, durante las cuales se puso unos guantes completamente nuevos y se hizo tan deslumbrante como le fue posible para no desmerecer en nada evitable al Maestro de Dignidad, nos dirigimos directamente a Newman Street.
Prince estaba enseñando, por supuesto. Lo encontramos ocupado con una discípula no muy prometedora —una niña tozuda de frente huraña, voz profunda e inanimada y madre insatisfecha—, cuyo caso ciertamente no resultaba más esperanzador debido a la confusión en la que sumimos a su preceptor. La lección por fin llegó a su fin, tras transcurrir de la forma más discordante posible; y cuando la niña se hubo cambiado los zapatos y le hubieron apagado la muselina blanca bajo unos chales, se la llevaron. Tras unas pocas palabras de