“¡No-o!” dijo Tom con firmeza.
“Cuando oscurece, encienden las lámparas abajo en el patio, y se ven desde aquí bastante brillantes—casi bastante brillantes. ¿A que sí, Tom?”
—Sí, Charley —dijo Tom—, casi del todo brillante.
—Entonces vale su peso en oro —dijo la criaturita—, ¡oh, de un modo tan maternal, tan femenino!—. Y cuando Emma está cansada, la acuesta. Y cuando él está cansado, se acuesta él mismo. Y cuando llego a casa y enciendo la vela y tomo un bocado, vuelve a sentarse y lo toma conmigo. ¿Verdad que sí, Tom?
—¡Oh, sí, Charley! —dijo Tom—. ¡Eso sí que lo sé! —Y ya fuera por este atisbo del gran placer de su vida o por gratitud y amor hacia Charley, que lo era todo para él, apoyó el rostro entre los escasos pliegues de su vestido y, de la risa, pasó al llanto.
Era la primera vez desde nuestra llegada que se derramaba una lágrima entre estos niños. La pequeña huérfana había hablado de su padre y de su madre como si todo aquel dolor estuviera mitigado por la necesidad de armarse de valor, por su infantil importancia al sentirse capaz de trabajar y por su ajetreado y ocupado modo de ser.
Pero ahora, cuando Tom lloró, aunque ella se sentía muy tranquila, mirándonos sosegadamente, y no alteraba con ningún movimiento ni un solo cabello de la cabeza de ninguno de sus dos pequeños protegidos, vi rodar dos lágrimas silenciosas por su rostro.
Me quedé junto a la ventana con Ada, fingiendo mirar los tejados, y la chimenea negruzca, y las pobres plantas, y los pájaros en jaulitas que pertenecían a los vecinos, cuando descubrí que la señora Blinder, de la tienda de abajo, había entrado (tal vez le había tomado todo este tiempo subir) y estaba hablando con mi tutor.