muchísimo bien y feliz en el amor inmerecido del mejor de los hombres”.
Pensé, de repente, que si mi tutor se hubiera casado con otra, ¡cómo me habría sentido y qué habría hecho! Eso sí que habría sido un cambio. Presentó mi vida de una forma tan nueva y vacía que hice sonar las llaves de la casa y les di un beso antes de volver a dejarlas en su cesta.
Luego pasé a pensar, mientras me arreglaba el pelo ante el espejo, cuántas veces había considerado en mi interior que las profundas huellas de mi enfermedad y las circunstancias de mi nacimiento eran solo nuevos motivos por los cuales debía estar ocupada, ocupada, ocupada—útil, amable, servicial, de todas las maneras honradas y sin pretensiones. ¡Este era un buen momento, sin duda, para sentarme morbosa a llorar! En cuanto a que me pareciera extraño al principio (si es que eso fuera alguna excusa para llorar, que no lo era) que algún día fuera la dueña de Bleak House, ¿por qué habría de parecer extraño? Otras personas habían pensado en esas cosas, aunque yo no. «¿No te acuerdas, mi querida sencillita», me pregunté mirando al espejo, «de lo que dijo la señora Woodcourt antes de que tuvieras esas cicatrices acerca de que te casaras con—»
Tal vez el nombre los trajo a mi memoria.
- Los restos secos de las flores.
- Sería mejor no conservarlas ahora.
Solo se habían guardado en memoria de algo enteramente pasado y ido, pero sería mejor no conservarlas ahora.
Estaban en un libro, y casualmente se encontraba en la habitación contigua: nuestro salón, que separaba la alcoba de Ada de la mía. Tomé una vela y entré despacio a buscarlo a su estante. Después de tenerlo en la mano, vi a mi hermosa adorada, a través de la puerta abierta, durmiente, y me deslicé de puntillas para besarla.