un buen contable, y murió hace quince años.
Mrs. Smallweed, siguiendo su instinto habitual, prorrumpe en gritos de: «¡Quince mil libras! ¡Quince mil libras en una caja negra, quince mil libras encerradas bajo llave, quince mil libras guardadas y escondidas!».
Su digno esposo, dejando a un lado su pan con mantequilla, le asesta inmediatamente el cojín, la aplasta contra el brazo de la silla y recae en la suya propia, agotado. Su aspecto, tras propinar a la señora Smallweed una de estas amonestaciones, resulta particularmente impresionante y no del todo atrayente; primero, porque el esfuerzo suele torcerle el casquete negro sobre un ojo y le confiere un aire de duendecillo libertino; segundo, porque murmura violentas imprecaciones contra la señora Smallweed, y tercero, porque el contraste entre esas enérgicas expresiones y su impotente figura sugiere a un viejo malvado y funesto que sería muy perverso si pudiera.
Todo esto, sin embargo, es tan habitual en el círculo familiar de los Smallweed que no produce impresión alguna. Al viejo caballero simplemente lo sacuden y le sacuden las plumas internas, el cojín vuelve a su lugar habitual junto a él, y la anciana, tal vez con la cofia arreglada y tal vez no, es plantada de nuevo en su silla, lista para ser derribada como un bolo.
Pasa un tiempo en esta ocasión antes de que el viejo caballero esté lo suficientemente tranquilo como para reanudar su discurso, y aun entonces lo mezcla con varios improperios edificantes dirigidos a la inconsciente compañera de su lecho, la cual no mantiene comunicación con nada en el mundo que no sean los salvamanteles.