fuego sonriéndole a Richard, mientras Richard, con el rostro sumamente desconcertado, miraba a una persona en el sofá, con un gabán blanco, el cabello liso en la cabeza y no muy abundante, que se estaba alisando y escatimando aún más con un pañuelo.
—Señorita Summerson —dijo Richard apresuradamente—, me alegra que haya venido. Podrá aconsejarnos. Nuestro amigo el señor Skimpole —¡no se asuste!— ha sido arrestado por deudas.
—Y la verdad, querida señorita Summerson —dijo el señor Skimpole con su agradable franqueza—, nunca me he hallado en una situación en la que fuera más necesaria esa excelente sensatez y ese tranquilo hábito de método y utilidad que cualquiera ha de observar en usted al tener la dicha de pasar un cuarto de hora en su compañía.
La persona del sofá, que parecía estar nuviosada, dio un soplido tan fuerte que me pegó