entendimiento de mi propia pena, sabía que yo no había llevado alegría en ningún momento al corazón de nadie y que yo no era para nadie en la tierra lo que Dolly era para mí.
Querida, querida, pensar en cuánto tiempo pasamos solas después tú y yo, y cuán a menudo le repetía a la muñeca la historia de mi cumpleaños y le confesaba que me esforzaría todo lo posible por enmendar el defecto con el que había nacido (de cuyo sentimiento de culpa me declaraba culpable y sin embargo inocente) y me esforzaría al crecer por ser trabajadora, satisfecha y bondadosa, y por hacer algún bien a alguien, y ganarme un poco de amor si pudiera.
Espero que no sea un exceso de autocomasión derramar estas lágrimas al recordarlo. Estoy muy agradecida, estoy muy alegre, pero no puedo evitar del todo que acudan a mis ojos.
¡Ya está! Los he limpiado y ya puedo continuar como es debido.
Sentía la distancia entre mi madrina y yo mucho más después del cumpleaños, y me percataba tanto de ocupar un lugar en su casa que debería haber estado vacío, que la encontré más difícil de abordar que nunca, aunque en mi corazón le estaba fervientemente agradecida.
Sentía lo mismo hacia mis compañeras de escuela; sentía lo mismo hacia la señora Rachael, que era viuda; ¡y ay, hacia su hija, de quien estaba orgullosa, que venía a verla una vez cada quince días! Era muy retraída y callada, y procuraba ser muy diligente.
Una tarde soleada en la que había vuelto de la escuela con mis libros y mi cartera, observando mi larga sombra a mi costado, y mientras subía sigilosamente a mi