saber muy bien cómo se habían hecho con ella, de que su primo Jarndyce no soportaba que le agradecieran ninguna de las bondades que hacía y de que, antes que recibir un agradecimiento, recurriría a los subterfugios y evasivas más singulares o incluso saldría huyendo. Ada recordaba vagamente haberle oído contar a su madre, cuando ella era muy pequeña, que él le había hecho una vez un acto de inusual generosidad y que, al ir ella a su casa a darle las gracias, él dio la casualidad de que la vio venir hacia la puerta por una ventana, escapó inmediatamente por la verja trasera y no se supo de él en tres meses. Esta conversación dio pie a mucho más sobre el mismo tema, y de hecho nos duró todo el día, y casi no hablamos de otra cosa. Si por casualidad nos desviábamos hacia otro asunto, enseguida volvíamos a este, y nos preguntábamos cómo sería la casa, y cuándo llegaríamos allí, y si veríamos al señor Jarndyce nada más llegar o después de una espera, y qué nos diría él, y qué le diríamos nosotros. Todo lo cual nos lo preguntábamos una y otra vez.
Los caminos estaban muy pesados para los caballos, pero el sendero era por lo general bueno, así que nos apeamos y subimos todas las cuestas a pie, y nos gustó tanto que prolongamos nuestra caminata por el terreno llano al llegar a la cima. En Barnet había otros caballos esperándonos, pero como acababan de ser alimentados, tuvimos que esperarlos también, y dimos un largo y fresco paseo por un brezal y un viejo campo de batalla antes de que llegara el coche. Estas demora prolongaron tanto el viaje