cuánto sentía que yo no hubiera volcado mis pensamientos hacia África, eran coherentes con el resto de su comportamiento.
El alojamiento era bastante limitado en cuanto a espacio, pero me imaginaba que, si la familia de la señora Jellyby hubiera sido la única inquilina en San Pablo o San Pedro, la única ventaja que habrían encontrado en el tamaño del edificio habría sido la de ofrecer un gran espacio para acumular suciedad.
Creo que nada perteneciente a la familia que hubiera sido posible romper estaba sin romper en el momento de aquellos preparativos para la boda de Caddy, que nada que hubiera sido posible estropear de algún modo estaba sin estropear, y que ningún objeto doméstico capaz de acumular suciedad, desde la rodilla de un querido niño hasta la placa de la puerta, carecía de tanta suciedad como buenamente podía acumularse sobre él.
Pobre el señor Jellyby, que muy raras veces hablaba y casi siempre se sentaba cuando estaba en casa con la cabeza apoyada contra la pared, se interesó al ver que Caddy y yo intentábamos poner algo de orden entre todo aquel desecho y ruina, y se quitó la chaqueta para ayudar. Pero de los armarios salieron rodando cosas tan maravillosas al abrirlos —trozos de pastel mohoso, botellas agrias, los gorros de la señora Jellyby, cartas, té, tenedores, botas y zapatos desparejados de los niños, leña, obleas, tapaderas de cacerola, azúcar húmeda en retazos de bolsas de papel, escabeles, cepillos para betún, pan, los sombreros de la señora Jellyby, libros con mantequilla pegada a la encuadernación, cabos de vela derretidos apagados al ponerlos boca abajo en palmatorias rotas, cáscaras de nuez, cabezas y colas de camarones, manteles individuales, guantes, pozos de café, paraguas—, que se quedó asustado y lo dejó de nuevo. Pero venía con regularidad todas las noches y se sentaba sin chaqueta, con la cabeza contra la pared, como si nos hubiera ayudado de haber sabido cómo.