“Tuvimos razón, no hace falta que se lo diga a los presentes. ¡Hola! ¡A fe mía, cómo se abalizó el vecindario en el tribunal aquella tarde mientras duraba el pleito! ¡Cómo mi noble y sabio colega, y todos los demás, hurgaron y enredaron como de costumbre e intentaron poner cara de no haber oído una sola palabra del último hecho del caso o como si no tuvieran—¡vaya por Dios!—absolutamente nada que ver con él, por si de casualidad lo hubieran oído!”
El color había abandonado por completo el rostro de Ada, y Richard estaba apenas menos pálido. Ni podía extrañarme, a juzgar incluso por mis propias emociones —y eso que yo no era parte en el pleito—, que para unos corazones tan inexpertos y frescos fuera un golpe heredar una miseria prolongada, asociada en la mente de mucha gente a recuerdos tan terribles.
Me preocupaba además otra cosa: cómo encajaría aquella penosa historia la pobre criatura atolondrada que nos había llevado hasta allí; pero, para mi sorpresa, parecía totalmente ajena a ello y se limitó a guiarnos de nuevo escaleras arriba, informándonos con la condescendencia de un ser superior hacia las flaquezas de un simple mortal que su casero estaba «un poco... ¡M..., ya sabes!».
Vivía en lo alto de la casa, en una habitación bastante grande desde la que se atisbaba el Lincoln’s Inn Hall. Al parecer, este había sido su principal aliciente para instalarse allí en un principio. Podía contemplarlo, según decía, por la noche, especialmente a la luz de la luna. Su habitación estaba limpia, pero muy, muy desprovista de todo. Me fijé en lo más escaso en cuanto a muebles: unas cuantas láminas viejas arrancadas de libros, que representaban a cancilleres y abogados, pegadas a la pared con obleas; y una media docena de bolsitas de labor y costureros «que contenían documentos», según nos informó. No había ni carbón ni cenizas en la chimenea, y no vi ninguna prenda de ropa por ninguna parte, ni ningún tipo de comida. En un estante de un