—Sir Leicester tarda tanto en sacarse el monóculo y colocárselo que mi Lady parece un poco irritada—. Dice: «En cuanto al asunto del derecho de paso...», te pido disculpas, ese no es el lugar. Dice... ¡Sí! ¡Aquí lo tengo! Dice: «Transmita mis respetos a mi Lady, de quien espero que el cambio le haya sentado bien. ¿Me haría el favor de mencionarle (dado que puede interesarle) que tengo algo que contarle a su regreso referente a la persona que copió la declaración jurada en el pleito de la Cancillería, que tanto estimuló su curiosidad? Lo he visto»”.
Mi señora, inclinándose hacia adelante, mira por su ventana.
—Ese es el mensaje —observa sir Leicester.
—Me gustaría caminar un poco —dice mi Lady, sin apartar los vista de la ventana.
—¿Caminar? —repite sir Leicester en un tono de sorpresa.
—Me gustaría caminar un poco —dice mi Señora con indudable claridad—. Por favor, detenga el coche.
El carruaje se detiene, el afectuoso hombre baja del pescante, abre la puerta y despliega los estribos, obedeciendo a un impaciente gesto de la mano de mi Lady.
Mi Lady baja tan rápidamente y se aleja tan rápidamente que sir Leicester, a pesar de su escrupulosa cortesía, no puede ayudarla y se queda atrás.
Transcurre un espacio de uno o dos minutos antes de que él la alcance. Ella sonríe, luce muy hermosa, lo toma del brazo, pasea con él durante un cuarto de milla, se aburre muchísimo y vuelve a ocupar su asiento en el carruaje.
El traqueteo y el estrépito continúan durante la mayor parte de tres días, con más o menos repique de campanillas y chasquidos de látigo, y más o