en su sillón, dando vueltas al estuche entre sus dos manos, le hizo una seña a mi madrina. A esto, mi madrina dijo: «¡Puedes subir, Esther!». Y le hice una reverencia y lo dejé.
Debían de haber pasado dos años, y yo tenía casi catorce, cuando una noche terrible mi madrina y yo estábamos sentadas junto al hogar.
Yo leía en voz alta y ella escuchaba. Había bajado a las nueve como siempre para leerle la Biblia, y leía en el Evangelio de San Juan cómo nuestro Salvador se inclinó y escribió con el dedo en el polvo, cuando le llevaron a la mujer pecadora.
“Así que, como insistían en preguntarle, se enderezó y les dijo:
«¡El que de vosotros esté sin pecado sea el primero en arrojar la piedra contra ella!»”
Me detuvo el movimiento de mi madrina, que