Al principio intenté disculparme por el momento basándome en el motivo general de tener ocupaciones que atender y que no debía descuidar.
Pero como esta fue una protesta ineficaz, dije entonces, de manera más concreta, que no estaba segura de mis cualificaciones.
- Que carecía de experiencia en el arte de adaptar mi mente a mentes en situaciones muy distintas, y de dirigirles la palabra desde puntos de vista adecuados.
- Que no poseía ese conocimiento delicado del corazón que debía ser esencial para una labor semejante.
- Que aún tenía mucho que aprender yo misma antes de poder enseñar a otros, y que no podía confiar únicamente en mis buenas intenciones.
Por estas razones creía que lo mejor era ser todo lo útil que pudiera, y prestar los servicios amables que estuvieran a mi alcance a quienes me rodeaban de inmediato, procurando que ese círculo del deber se fuera ampliando gradual y naturalmente.
Todo esto lo dije con cualquier cosa menos confianza, porque la señora Pardiggle era mucho mayor que yo, tenía gran experiencia y era de modales sumamente militares.
—Se equivoca usted, señorita Summerson —dijo ella—, pero tal vez no esté hecha para el duro trabajo ni para la emoción que este comporta, y eso marca una gran diferencia. Si le gustaría ver cómo llevo a cabo mi labor, estoy a punto de ir —con mi joven familia— a visitar a un ladrillero de por aquí (un sujeto de muy mal vivir) y estaré encantada de llevarla conmigo. A la señorita Clare también, si me hace el favor.
Ada y yo intercambiamos una mirada y, como de todos modos íbamos a salir, aceptamos la oferta.