‘Muy bien’, le dije, ‘ahora seamos prácticos. Aquí hay un tintero, aquí hay plumas y papel, aquí hay obleas. ¿Qué quiere? He ocupado su casa durante un período considerable, creo que con mutua satisfacción hasta que surgió este desagradable malentendido; seamos a la vez amistosos y prácticos. ¿Qué quiere?’. En respuesta a esto, empleó la expresión figurada —que tiene algo de oriental— de que nunca había visto el color de mi dinero. ‘Mi amable amigo’, le dije, ‘yo nunca tengo dinero. Nunca sé nada acerca del dinero’. ‘Pues bien, señor’, dijo él, ‘¿qué ofrece si le doy tiempo?’. ‘Mi buen amigo’, le dije, ‘no tengo la menor idea del tiempo; pero usted dice que es un hombre de negocios, y cualquier cosa que pueda sugerir que se haga de manera práctica con pluma, tinta, papel —y obleas—, estoy dispuesto a hacerlo. No se pague a costa de otro (lo cual es una tontería), ¡sino sea práctico!’. Sin embargo, no quiso serlo, y se acabó”.
Si estos eran algunos de los inconvenientes de la infancia del señor Skimpole, ciertamente también poseía sus ventajas.
En el viaje tuvo un apetito excelente para todo tentempié que se nos cruzara en el camino (incluida una cesta de selectos melocotones de invernadero), pero jamás pensó en pagar por nada. Así que, cuando el cochero se acercó a pedir su propina, le preguntó amablemente qué consideraba en verdad una muy buena propina —una generosa— y, al responderle este que media corona para un solo pasajero, dijo que era bien poca cosa también, sopesado todo, y dejó que el señor Jarndyce se la diera.
Era un tiempo delicioso. ¡El maíz verde se mecía con tanta gracia, las alondras cantaban con tanta alegría, los setos estaban tan llenos de flores