por ella, le pedí su bendición y su perdón, le supliqué que me diera la más mínima señal de que me conocía o me oía. No, no, no. Su rostro era inamovible. Hasta el final mismo, e incluso después, su ceño se mantuvo sin suavizarse.
Al día siguiente de que enterraran a mi pobre y buena madrina, reapareció el caballero de negro con corbata blanca. Me mandó llamar la señora Rachael, y lo encontré en el mismo lugar, como si nunca se hubiera ido.
—Me llamo Kenge —dijo—; tal vez lo recuerdes, hija mía; Kenge y Carboy, Lincoln’s Inn.
Respondí que recordaba haberlo visto una vez antes.
–Te ruego que te sientes, aquí a mi lado. No te angusties; de nada sirve. señora Rachael, no necesito informarle a usted, que estaba al tanto de los asuntos de la finada señorita