“Podría hacerlo, no me cabe la menor duda, si es que alguien pudiera; pero no hay modo de hacerlo. ¡No hay modo de hacerlo, caballero! En cambio, se da la circunstancia de que yo puedo serle de alguna pequeña utilidad a Sir Leicester Dedlock desde su enfermedad —provocada por pesares familiares— y de que él prefiere recibir esa ayuda del hijo de nuestra madre antes que de cualquier
—Bueno, querido George —responde el otro, con una sombra muy ligera en su rostro franco—, si prefieres servir en la brigada doméstica de Sir Leicester Dedlock…
—Ahí lo tienes, hermano —exclama el soldado, deteniéndolo con la mano otra vez sobre la rodilla—; ¡ahí lo tienes! Esa idea no te hace gracia; a mí no me importa. Tú no estás acostumbrado a que te manden; yo sí. Todo en ti está en perfecto orden y disciplina; todo lo mío necesita mantenerse así. No estamos acostumbrados a llevar las cosas con la misma mano ni a mirarlas desde el mismo punto de vista.