Poco importa que estuviera al acecho de cada mención pública del nombre de mi madre; que pasara y repasara por la puerta de su casa en la ciudad, amándola, pero temiendo mirarla; que una vez me sentara en el teatro cuando mi madre estaba allí y me vio, y cuando nos hallábamos tan distantes ante la gran concurrencia de todas las clases sociales que cualquier lazo o confidencia entre nosotras parecía un sueño. Todo ha terminado, todo. Mi suerte ha sido tan bendecida que apenas puedo relatar algo de mí misma que no sea una historia de bondad y generosidad en los demás. Bien puedo dejar atrás ese poco y seguir adelante.
Cuando estuvimos instalados en casa de nuevo, Ada y yo tuvimos muchas conversaciones con mi tutor cuyo tema era Richard.
Mi querida muchacha sentía profundamente que él le hiciera tanta injusticia a su bondadoso primo, pero era tan leal a Richard que no soportaba culparlo ni siquiera por eso. Mi tutor tenía la certeza de ello y jamás asociaba su nombre con una sola palabra de reproche.
«Rick está equivocado, hija mía —le decía él—. ¡Bien, bien! Todos nos hemos equivocado una y otra vez. Debemos confiar en ti y en el tiempo para hacer que entre en razón».
Supimos después lo que entonces sospechábamos: que él no confió en el tiempo hasta que hubo intentado a menudo abrirle los ojos a Richard. Que le había escrito, había ido a verlo, le había hablado, había probado todo arte amable y persuasivo que su bondad pudo idear. Nuestro pobre y entregado Richard era sordo y ciego a todo. Si estaba equivocado, enmendaría sus actos cuando el juicio de Chancery hubiera terminado. Si andaba a tientas en la oscuridad, no podía hacer nada mejor que esforzarse al máximo por disipar aquellas nubes en las que tanto se confundía y oscurecía.