detenernos para que descansaran. Un caballo se cayó tres veces en esta primera etapa, y temblaba tanto y estaba tan zarandeado que el cochero al fin tuvo que bajarse de la silla y llevarlo de avío.
No podía comer ni dormir, y me puse tan nervioso ante aquellas demoras y el paso lento con el que viajábamos, que sentí un deseo irrazonable de bajarme y caminar.
Cediendo al sensato criterio de mi compañero, sin embargo, me quedé donde estaba.
Todo este tiempo, mantenido fresco por cierto disfrute del trabajo en el que estaba ocupado, él subía y bajaba en cada casa a la que llegábamos, dirigiéndose a personas a las que jamás antes había visto como si fueran viejos conocidos, entrando a calentarse en cada fuego que veía, hablando, bebiendo y estrechando manos en cada bar y taberna, amigable con cada carretero, carpintero de riberas, herrero y cobrador de peaje, pero sin parecer perder nunca el tiempo, y subiendo siempre de nuevo al pescante con su rostro atento y firme y su profesional: «¡Arre, muchacho!».
Cuando volvimos a cambiar de caballos, salió del corral de la cuadra, con la nieve mojada incrustada sobre él y goteando—chapoteando y crujiendo a través de ella hasta sus rodillas mojadas como lo había estado haciendo frecuentemente desde que salimos de Saint Albans— y me habló junto a la portezuela del carruaje.
«Mantenga el ánimo. Es totalmente cierto que vino hacia aquí, señorita Summerson. A estas alturas no hay la menor duda sobre el vestido, y el vestido ha sido visto aquí».
—¿Todavía a pie? —dije yo.
—A pie todavía. Creo que el caballero que usted mencionó debe de ser el blanco al que apunta, y sin embargo tampoco me hace gracia que viva por su misma región.