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nydus/Bleak HousePublic
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XLVII. El testamento de Jo

—Sí, pobre hijo mío.

Jo ríe con placer.

«Lo que estaba pensando entonces, señor Sangsby, era que cuando me echaran tan lejos como fuera posible y ya no me pudieran echar más, si tendría la amabilidad tal vez de escribir, bien grande para que cualquiera pudiera verlo en todas partes, que yo estaba muy pero muy verdaderamente arrepentido de haberlo hecho y que nunca fue mi intención hacerlo, y que aunque yo no sabía nada de nada, sabía que el señor Woodcot una vez lloró por ello y siempre se afligió por ello, y que esperaba que él pudiera perdonarme en su pensamiento. Si el escrito se pudiera hacer para que dijera eso bien grande, tal vez lo haría».

—Lo dirá, Jo. Muy grande.

Jo se ríe de nuevo. “Muchas gracias, señor Sangsby. Es usté muy güeno, señor, y con eso me siento más cómodo que antes”.

El humilde y apocado librero, con una tos entrecortada e inconclusa, desliza su cuarta media corona —nunca antes había estado tan cerca de un caso que requiriera tantas— y se apresura a marchar. Y Jo y él, sobre esta pequeña tierra, no volverán a encontrarse. Nunca más.

Porque el carro tan difícil de arrastrar se acerca al final de su viaje y arrastra sobre suelo pedregoso.

Las veinticuatro horas labora subiendo los escalones rotos, destrozado y gastado. No muchas veces podrá el sol alzarse y contemplarlo aún en su cansado camino.

Phil Squod, con su rostro ahumado de pólvora, actúa a la vez como enfermero y trabaja como armero en su pequeña mesa en un rincón,

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