—Muchas gracias, señor —contestó Wegg, como si no hubiera nada nuevo en su lectura—. Por lo general, lo hago con ginebra con agua.
—¿Mantiene el órgano húmedo, verdad, Wegg? —preguntó el señor Boffin con inocente entusiasmo.
—N-no, señor —respondió Wegg, con calma—, difícilmente lo describiría así, señor. Yo diría que lo madura. Madura es la palabra que emplearía, señor Boffin.
Su vanidad y su maza de madera marchaban al mismo paso que la gozosa expectación de su víctima. Las visiones que se alzaban ante su mente mercenaria, sobre las múltiples formas en que este vínculo iba a ser aprovechado, nunca oscurecieron la idea principal, propia de un hombre torpe y ambicioso, de que no debía abaratarse demasiado.
La moda de la señora Boffin, en calidad de divinidad menos inexorable que el ídolo que suele adorarse con ese nombre, no le prohibió prepararle una bebida a su huésped literario ni preguntarle si el resultado era de su agrado.
Tras responder este con gentileza y tomar asiento en el escaño literario, el señor Boffin comenzó a disponerse para escuchar desde el escaño de enfrente, con ojos exultantes.
—Siento privarte de la pipa, Wegg —dijo, encendiendo la suya—, pero no se pueden hacer las dos cosas a la vez.
¡Ah! ¡Y otra cosa que olvidaba mencionar! Cuando entres aquí por la tarde, mires a tu alrededor y notes algo en un estante que te llame la atención, menciónalo.
Wegg, que iba a ponerse las gafas, las dejó inmediatamente, con la alegre observación: