Cogió su cesta al hablar y se disponía a alejarse de ellos con paso tambaleante y apresurado, cuando el mismo transeúnte la detuvo con la mano en su manga y la instó a que lo acompañara a ver al médico del partido.
Fortaleciéndose con el mayor ejercicio de su voluntad, la pobre criatura temblorosa se lo sacudió de encima, casi con fiereza, y emprendió la huida.
Tampoco se sintió a salvo hasta que hubo interpuesto un par de millas de camino secundario entre ella y el mercado, y se hubo metido en un soto, como un animal acorralado, para esconderse y recuperar el aliento.
Solo entonces, por primera vez, se atrevió a recordar cómo había mirado por encima del hombro antes de salir del pueblo, y había visto el cartel del León Blanco colgado al otro lado del camino, y los puestos del mercado ondeando al viento, y la vieja iglesia gris, y la pequeña muchedumbre que la miraba sin intentar seguirla.
El segundo incidente aterrorizador fue este. Había estado de nuevo igual de mal, y desde hacía unos días estaba mejor, y viajaba por un tramo del camino donde este rozaba el río, y que en las estaciones húmedas se inundaba tan a menudo que había altos postes blancos colocados para señalar la ruta. Una gabarra estaba siendo remolcada hacia ella, y ella se sentó en la orilla para descansar y observarla. A medida que la soga de remolque se flojaba por una curva de la corriente y se sumergía en el agua, tal confusión se apoderó de su mente que creyó ver las formas de sus hijos muertos y nietos muertos poblando la gabarra, y agitando las manos hacia ella con compás solemne; luego, cuando la soga se tensaba y emergía, dejando caer diamantes, pareció vibrar dividiéndose en dos cuerdas paralelas y golpearla, con un chasquido, a pesar de estar muy lejos.