Últimamente, la piedra de amolar parecía haber estado girando sobre sus propias narices más bien que sobre las de Boffin, pero ahora iban a afilarse finamente las narices de Boffin. Hasta entonces, el señor Wegg había tratado con indulgencia a su polvoriento amigo, ya que las maquinaciones del insomne basurero habían frustrado su amable propósito de cenar frecuentemente con él. Se había visto obligado a delegar en el señor Venus la tarea de vigilar a su polvoriento amigo Boffin, mientras él mismo se demacración y enflaque-cía en la Morada.
Al museo del señor Venus se encaminó el señor Wegg cuando por fin los Montículos bajaron y desaparecieron. Como era de noche, encontró a dicho caballero, tal como esperaba, sentado junto al fuego; pero no lo encontró, como también esperaba, abismando su poderosa mente en el té.
—¡Vaya, se está de lo más a gusto aquí! —dijo Wegg, pareciendo tomárselo a mal, y deteniéndose y olfateando al entrar.
—Me encuentro bastante cómodo, señor —dijo Venus.
—No usará limón en su negocio, ¿verdad? —preguntó Wegg, volviendo a olfatear.
“No, señor Wegg —dijo Venus—. Cuando lo uso, suelo usarlo casi siempre en el ponche de zapatero”.
—¿Cómo llaman al ponche de los zapateros? —preguntó Wegg, de peor humor que antes.
—Es difícil transmitir la receta para prepararlo, señor —respondió Venus—, porque, por muy meticuloso que uno sea al repartir los ingredientes, siempre dependerá en gran medida de los dones personales y de que se le ponga sentimiento. Pero la base es ginebra.