y guardaba sus frascos de muestra (las cuentas de los clientes estaban prohibidas por la estricta administración de los Porters), redactó la copia con una letra clara y redonda. Mientras él estaba allí, realizando su metódica caligrafía, con su figura de anciano escriba concentrada en la labor, y la pequeña modista de muñecas sentada en su dorada enramada ante el fuego, a la señorita Abbey le asaltaron las dudas de si no habría soñado a aquellas dos singulares figuras en el bar de los Seis alegres camaradas, y de si no despertaría con una cabezada al momento siguiente y las hallaría
Miss Abbey había hecho dos veces el experimento de cerrar los ojos y volver a abrirlos, encontrando todavía las figuras allí, cuando, como en un sueño, un confuso alboroto se levantó en la sala pública.
Al levantarse de un salto, mientras los tres se miraban, el sonido se convirtió en un estrépito de voces clamorosas y en agitación de pisadas; luego se oyó cómo abrían de par en par todas las ventanas apresuradamente, y gritos y exclamaciones flotaron hacia el interior de la casa desde el río.
Un momento después, Bob Gliddery irrumpió ruidosamente por el pasillo, con el estrépito de todos los clavos de sus botas concentrado en cada clavo por separado.
—¿Qué es? —preguntó la señorita Abbey.
—Es algo que ha naufragado en la niebla, señora —respondió Bob.
«Hay montones de gente en el río».
—¡Decidles que pongan a calentar todas las teteras! —gritó la señorita Abbey—. Aseguraos de que la caldera esté llena. Preparad un baño. Poned algunas mantas cerca del fuego. Calentad algunas botellas de