“Suyo propio.”
—¡Oh, señora T.! —exclamó la señorita Wren—. ¡Lo oye usted!
—Razonar con ella —prosiguió Bradley, transigiendo a medias con lo presente y enfadándose a medias con lo ausente—, por su propio bien.
“¡Ay, señora T.!” exclamó la modista.
—Por su propio bien —repitió Bradley, animándose—, y por el de su hermano, y como una persona totalmente desinteresada.
—De veras, señora T. —comentó la modista—, ya que las cosas llegan a este punto, no nos queda más remedio que ponerla de cara a la pared.
Apenas había terminado de hacerlo, cuando llegó Lizzie Hexam, quien mostró cierta sorpresa al ver a Bradley Headstone allí, a Jenny agitándole el puño muy cerca de los ojos y a la honorable señora T. de cara a la pared.
—Aquí tienes a una persona perfectamente desinteresada, querida Lizzie —dijo la avispada señorita Wren—, que viene a hablar contigo, por tu propio bien y el de tu hermano. Piénsalo bien. Estoy segura de que no debe haber ninguna tercera persona presente en algo tan sumamente amable y tan sumamente serio; y así, si apartas a la tercera persona subiéndola arriba, querida mía, la tercera persona se retirará.
Lizzie tomó la mano que la modista de muñecas le tendía con el propósito de ayudarla a alejarse, pero se limitó a mirarla con una sonrisa inquisitiva y no hizo ningún otro movimiento.
—La tercera persona cojea horriblemente, ya sabes, cuando se la deja sola —dijo la señorita Wren—; con esa espalda tan mala y esas piernas tan extrañas; así que no puede retirarse con gracia a menos que la ayudes, Lizzie.