Su vida de casada transcurría feliz. Estaba sola todo el día, pues, después de un desayuno temprano, su marido se marchaba todas las mañanas a la City y no regresaba hasta la hora de su cena tardía.
Estaba «en un negocio de China», le explicó a Bella, lo cual a ella le pareció de lo más satisfactorio, sin indagar en el negocio de China con más detalle que una visión al por mayor de té, arroz, sedas de olor extraño, cajas talladas y gente de ojos rasgados con zapatos de suela doble, cuyas coletas parecían arrancarles el cuero cabelludo, pintadas sobre porcelana translúcida.
Ella siempre caminaba con su esposo hasta el ferrocarril, y siempre estaba allí de nuevo para recibirlo; sus viejos aires coquetos un poco más moderados (pero no mucho), y su vestido tan primorosamente arreglado como si no se ocupara de ninguna otra cosa.
Pero, una vez que John se había ido a sus asuntos y Bella había regresado a casa, el vestido era apartado, se sustituía por batas y delantales pequeños y arreglados, y Bella, echándose el cabello hacia atrás con ambas manos, como si estuviera haciendo los preparativos más profesionales para volverse dramáticamente loca, se adentraba en los asuntos domésticos del día.
¡Qué de pesajes y mezclas, picados y rallados; qué de sacudidas, lavados y encerados; qué de recortes, desherbados, trasplantes y otras pequeñeces de jardinería; qué de confecciones, zurcidos, dobleces y oreos; qué de arreglos diversos y, sobre todo, ¡qué de arduo estudio!
Pues la señora de J. R. , que en sus tiempos de la señorita B. W. no había solido esforzarse demasiado en casa, se veía en la constante necesidad de recurrir pidiendo consejo y apoyo a un prudente volumen titulado The Complete British Family Housewife , el cual se sentaba a consultar con los codos sobre la mesa y las sienes entre las manos, como alguna hechicera perpleja que escudriña las Artes Oscuras.