—En cuanto a la paciencia —respondía ella encogiéndose de hombros—, de eso no mucha, madrina.
Si hubiera sido paciente, jamás le habría dicho de todo. Pero espero haberlo hecho por su bien. Y además, sentía tanto mi responsabilidad como madre. Intenté razonar, y razonar falló. Intenté convencer, y convencer falló. Intenté regañar y regañar falló.
Pero estaba obligada a intentarlo todo, ya sabe, con semejante carga sobre mis espaldas. ¿Dónde habría quedado mi deber hacia mi pobre y perdido muchacho, de no haberlo intentado todo!
Con charla de esta índole, entonada por la laboriosa criaturita en un tono por lo general alegre, transcurrieron el trabajo diurno y el nocturno hasta que bastantes muñecas vivaces hubieron salido para traer a la cocina —donde ahora se encontraba el banco de trabajo— las sombrías telas que la ocasión requería, y para traer a la casa los otros sombríos preparativos.
—Y ahora —dijo la señorita Jenny—, habiendo despachado a mis amigos de mejillas rosadas, voy a despachar a mi propia persona de mejillas blancas.
Esto se refería a la confección de su propio vestido, que por fin estaba terminada.
—La desventaja de coser para una misma —dijo la señorita Jenny, al subirse a una silla para contemplar el resultado en el espejo— es que no le puedes cobrar el trabajo a nadie más, y la ventaja es que no tienes que salir a hacerte las pruebas. ¡Hum! ¡Bastante bien, a fe mía! Si Él pudiera verme ahora (quienquiera que sea), ¡espero que no se arrepentiría de su trato!
Los sencillos arreglos corrían por su cuenta, y se los expuso a Riah de este modo:
—Tengo la intención de ir sola, madrina, en mi carruaje de costumbre, y usted será tan amable de cuidar la casa mientras esté fuera.