—Pues, querida mía —replicó la señora Boffin, dándole un apretón—, es amable de tu parte haber encontrado esa razón, y espero que haya sido así, y de hecho, hasta cierto punto, creo que fue así, pero me temo que no del todo. Sin embargo, eso ya no viene al caso, porque hemos acabado con el apellido.
—Lo guardó como recuerdo —sugería Bella, meditabunda.
—Mucho mejor dicho, querida; guárdalo como un recuerdo. Bien, entonces; he estado pensando que si tomo a algún huérfano para cuidarlo, que no sea una mascota ni un juguete para mí, sino una criatura a la que se ayude por su propio bien.
—¿Tampoco era bonita? —dijo Bella.
—No —replicó la señora Boffin con firmeza.
—¿Tampoco era agraciado entonces? —dijo Bella.
—No —respondió la señora Boffin—. No necesariamente. Eso según se dé el caso. Se cruza en mi camino un muchacho bien intencionado al que tal vez le falten un poco esas ventajas para salir adelante en la vida, pero que es honrado y trabajador, necesita una mano amiga y la merece. Si pongo mucho empeño y estoy decidida a ser desinteresada, déjame que me ocupe de él.
Aquí apareció el lacayo cuyos sentimientos habían sido heridos en la ocasión anterior, y acercándose a Rokesmith con actitud disculpadora, anunció al censurable Sloppy.
Los cuatro miembros del Consejo se miraron los unos a los otros, y guardaron silencio.
—¿Se le debe traer aquí, señora? —preguntó Rokesmith.