Pero el caballero abultado, no queriendo rendirse, volvió a decir frenético: «Esker», y de nuevo no habló más.
—Simplemente se refería —explicó el señor Podsnap, con un sentimiento de merecida propiedad— a Nuestra Constitución, señor. Los ingleses estamos muy orgullosos de nuestra Constitución, señor. Nos Fue Concedida Por La Providencia. Ningún Otro País es tan Favorecido como Este País.
“¿Y o tros países?—” empezaba el caballero extranjero, cuando el señor Podsnap lo corrigió de nuevo.
“We do not say Ozer; we say Other: the letters are T and H ; You say Tay and Aish, You Know; (still with clemency). The sound is th — th !”
—Y otros países —dijo el caballero extranjero—, ¿cómo lo hacen?
—Así es, señor —respondió el señor Podsnap, negando con la cabeza gravemente—; así es... lamento tener que verme obligado a decirlo... tal como es.
—Fue una particularidad de la Providencia —dijo el caballero extranjero, riendo—, pues la frontera no es grande.
“Indudablemente —asintió el señor Podsnap—; pero así es. Fue la Carta Magna del País. Esta isla fue bendecida, caballero, con la exclusión directa de aquellos otros países que... que pueda haber por ahí. Y si todos los aquí presentes fuéramos ingleses, diría —añadió el señor Podsnap, mirando a su alrededor a sus compatriotas y entonando solemne su discurso— que hay en el inglés una combinación de cualidades, una modestia, una independencia, una responsabilidad, un aplomo, combinados con la ausencia de todo lo capaz de hacer sonrojar a una joven, que uno buscaría en vano entre las naciones de la Tierra”.
Habiendo pronunciado este breve resumen, el rostro de Mr. Podsnap enrojeció al pensar en la remota posibilidad de que fuera matizado en lo