debo a la señora Tippins, y estoy bastante más orgulloso de ella de lo que jamás lo estuve de la señora Tippins. Por lo tanto, lucharé por ella hasta el último aliento, junto a ella y por ella, aquí, a campo abierto. Cuando la oculte, o golpee por ella pusilánimemente en un agujero o un rincón, dime tú, a quien amo de segundo en la tierra, lo que mereceré con toda justicia que me digan:—que habría hecho bien en darme la vuelta con el pie aquella noche en que yacía desangrándome hasta la muerte y escupir en mi cobarde rostro.
El fulgor que iluminaba su rostro al pronunciar aquellas palabras era de tal intensidad que, por un momento, parecía como si nunca hubiera sido mutilado.
Su amigo respondió como a Eugene le habría gustado que respondiera, y estuvieron hablando del futuro hasta que Lizzie regresó. Después de ocupar de nuevo su lugar a su lado y tocarle con ternura las manos y la cabeza, ella dijo: