—Sí, se acabó —replicó la señorita Podsnap—, pero con eso no se gana nada. Aquí es peor que en casa de Madame Sauteuse. Mamá estaba allí y mamá está aquí; pero papá no estaba allí, ni había compañía, ni había parejas de verdad.
¡Ay, mamá le está hablando al del piano! ¡Ay, mamá se está acercando a alguien! ¡Ay, ya sé que me lo va a presentar! ¡Ay, por favor no, por favor no, por favor no! ¡Ay, apártate, apártate, apártate!
Estas piadosas exclamaciones las pronunció la señorita Podsnap con los ojos cerrados y la cabeza recostada contra la pared.
Pero el Ogro avanzó bajo la dirección de Mamá, y Mamá dijo: «Georgiana, el señor Grompus», y el Ogro apresó a su víctima y se la llevó a su castillo en el piso de arriba. Entonces el autómata discreto que había reconocido el terreno tocó una «pieza» sin flores ni melodía, y dieciséis discípulos del podsnaperismo ejecutaron las figuras de: 1, Levantarse a las ocho y rasurarse bien a y cuarto; 2, Desayunar a las nueve; 3, Ir a la City a las diez; 4, Volver a casa a las cinco y media; 5, Cenar a las siete, y la cadena grande.
Mientras estas solemnidades se llevaban a cabo, el señor Alfred Lammle (el más amoroso de los esposos) se acercó a la silla de la señora Alfred Lammle (la más amorosa de las esposas) y, inclinándose sobre el respaldo, jugueteó durante unos pocos segundos con el brazalete de la señora Lammle.
En leve contraste con este breve y ligero juego, uno habría podido notar una cierta atención sombriza en el rostro de la señora Lammle mientras pronunciaba unas palabras con los ojos fijos en el chaleco del señor Lammle, y parecía recibir a cambio alguna lección. Pero todo ello ocurrió en el tiempo que un soplo tarda en borrarse de un espejo.
Y ahora, remachada la gran cadena en su último eslabón, el discreto autómata se detuvo, y los dieciséis, de dos en dos, se pusieron a dar un